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Volver a sonreír

‘Volver a sonreír’ fue el valiente y a su vez arriesgado eslogan que el departamento de márketing del Real Zaragoza eligió para aleccionar al zaragocismo en la nueva travesía por el desierto que supone el paso por la Segunda División. La frase lleva implícitas  sensaciones contradictorias. Es a lo que aspira y lo que necesita una afición que dejó  de sonreír hace ya muchos años. La derrota en el 2006 en la final de la Copa del Rey ante el Espanyol supuso acabar con esa etiqueta de equipo ganador que siempre había tenido el equipo aragonés. Llegaron después las buenas pero mal gestionadas intenciones de Agapito Iglesias por convertir al Real Zaragoza en uno de los equipos punteros del panorama, pero su inexperiencia y falta de paciencia sumieron al club en una crisis profunda, en la que nadie atisba a ver la luz al final del túnel.
 
Volver a sonreír es, evidentemente, lo que quiere todo el zaragocismo. El problema es que nadie, absolutamente nadie, cree que eso pueda suceder en un corto plazo de tiempo. Aunque se consiga el ascenso, algo que a día de hoy parece complicado, la pereza que produce pensar que temporada tras temporada se repetiría la agonía que se ha vivido en fechas no lejanas lleva a muchos seguidores hacia una falta de interés preocupante.
 
Volver a sonreír fue ver cómo el pasado 13 de noviembre dos generaciones de zaragocistas lloraban juntas en las gradas de La Romareda mientras Fernando Cáceres hacía lo imposible por levantarse de su silla de ruedas y efectuar el saque de honor de su partido de homenaje ante la mirada de auténticos mitos ‘blanquillos’, unos ‘héroes de la Recopa’ que quedarán para siempre en la historia de este club.
Volver a sonreír fue poder ser testigo de cómo esas dos generaciones se daban la mano, y tener la oportunidad para quienes vivieron semejantes años de gloria de poder explicarle  a los más jóvenes que eso realmente existió.
 
Volver a sonreír fue comprobar cómo regresaban a La Romareda futbolistas queridos ahora diseminados por toda la geografía del fútbol español. Cani, Ander, Soriano, Lafita, entre muchos otros. Son, como se diría actualmente, ‘de los nuestros’, hijos pródigos que sufren la decadencia de su club desde la distancia.
 
Volver a sonreír fue también ver a personas como el ‘Cholo’ Simeone ondear su servilleta mientras, durante la cena con Cáceres, se homenajeaba no sólo al ‘Negro’ sino por añadidura a una generación difícilmente repetible. Que el mediático entrenador del Atlético de Madrid, junto a otros, viviera con pasión semejante evento da una idea del profundo respeto que siempre ha producido el Real Zaragoza.
 
Volver a sonreír es mirar al otro equipo grande la ciudad, el CAI Zaragoza. Después de muchísimos años de inactividad, sus ya no tan nuevos dirigentes han sabido darle al club una estabilidad que su vecino no sabe encontrar, salvando las distancias entre lo que mueve el fútbol o el baloncesto. Podrá ganar o perder, pero el CAI transmite todo lo que no hace el Real Zaragoza: una coherencia empresarial e institucional que se traslada al terreno de la gestión deportiva, creando un club que pese a las dificultades que ofrece el deporte hoy en día, piensa más en la diversión y disfrute de los suyos que en cualquier otro objetivo.
 
Volver a sonreír es también la modesta aspiración que se tiene en el estreno de esta columna de opinión, que saldrá cada jueves en un medio de comunicación formado por entusiastas profesionales cuyo único objetivo es el mismo que el todos a los que les gusta el deporte, y especialmente el aragonés: intentar sonreír día a día.

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