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Su nombre era Laboral Kutxa

Conocí a una chica en un botellón. En realidad no, pues habíamos coincidido en alguna ocasión previa, pero nunca habíamos interactuado. Incluso me la volvieron a presentar, aunque ya lo habían hecho en otra ocasión. Yo me hice el sueco, ella supongo que no se acordaba de mi cara de verdad. Era parte del grupo, compañera de clase de un amigo, así que íbamos a estar compartiendo hielos y banco aproximadamente dos horas. Eso si no venían los UAPOs antes, claro, aunque dudo que molestásemos a alguien ahí.


Desde el primer momento me pareció muy guapa. Era castaña, ojos claros, con el pelo liso y bastante largo. Hacía fresco, por lo que llevaba un abrigo oscuro que, sin embargo, no ocultaba su figura esbelta. Era fácil fijarse en ella, pues era casi tan alta como yo. Según me contó había jugado al baloncesto hasta que pasó a la universidad, cuando lo tuvo que dejar por no tener tiempo suficiente para entrenar. Afortunadamente, hace tiempo entendí que eso no supone una invitación para que la 'braseara' con una disertación sobre la importancia de Turkoglu en los Magic de 2009. Un detalle tonto pero importante para mi, llevaba, con mucho gusto, zapatillas deportivas, Nike Dunk concretamente, y no las aborrecibles manoletinas que las mujeres se empeñan en usar algunas mujeres para todo tipo de evento. Incluso uno tan poco glamouroso como beber alcohol porque sí en un parque. Se podría decir que era una chica de Euroliga. Yo había estado demasiado tiempo en la LEB.
 

Sin querer, porque son muy torpe como para calcular movimientos estratégicos, quedé situado su lado y, para romper el hielo, hice un chiste malo. Ella creyó que hablaba en serio y se produjo el inevitable silencio incómodo. Un interminable intervalo de tiempo en el que debía elegir si explicar la broma y quedar como un capullo o dejarlo pasar, asumir mi fracaso y permanecer callado jugando al 'Candy Crush' lo que restara de botellón. Como peor no se podía empezar, opté por la segunda opción. Apenas estaba en el primer cuarto y ya no había partido posible.

Gastadas las cinco vidas pertinentes, y sin que nadie respondiese a mi desesperada petición de más corazones en 'Facebook', volví a la dinámica del grupo. Para entonces la conversación había virado al tema musical y un cretino al que alguien había tenido el mal gusto de invitar soltaba clichés mil veces repetidos que tornaron mi rostro en la 'game face' de Joseph Jones. Se podría decir que era Peter Griffin en 'Lo que me saca de mis casillas'. Sin nada que perder, fui a por él y, con una lucidez seguramente producto del alcohol, encadené varios argumentos demoledores con la misma facilidad que Damjan Rudez encadena triples cuando está liberado. Esta vez, y sin pretenderlo, ella se estaba riendo también. ¡Bien!

Llegaba la hora de abandonar el parque e ir hacia la zona de marcha. A mi, la verdad, no me apetecía nada encerrarme en un antro de música infame pero, en esta ocasión, la compañía merecía el esfuerzo. Desgraciadamente, y sin saber muy bien cómo, una llamada de teléfono interrumpió el 'momentum' y ella se tuvo que marchar por motivos que tampoco es necesario contar aquí. Se llamaba Ana Laboral Kutxa. Yo, CAI Zaragoza.  

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