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No hay más cera que la que arde

Terminó el verano más duro y angustioso que se recuerda en el Real Zaragoza con la supervivencia del club aragonés conseguida sobre la bocina. Tras unas semanas desesperantes de incertidumbre, apareció en el horizonte una aparentemente sólida vía de solución para los problemas de la entidad blanquilla: la Fundación Zaragoza 2032.  Tanto por el momento en el que salió a la palestra o como por los nombres vinculados a élla (Alierta, Yarza, Lapetra…) fue rápidamente bien acogida por la práctica totalidad del zaragocismo, que no creía ni en comisionistas, ni en fondos inversores extranjeros ni en supuestos ‘Mesías’ surgidos de la nada.
 
Encontrar ese oasis en el desierto provocó que no hubiera demasiadas preguntas respecto a los entresijos de la operación. Ante semejante solución poco importaba ya saber cómo se había convencido a Agapito Iglesias para que vendiera sus acciones por un euro o por qué estos solventes y conocidos empresarios aragoneses estaban dispuestos a hacerse cargo de la inmediata deuda de una entidad al borde de la quiebra sin que las expectativas de futuro fueran tampoco demasiado ilusionantes. El Zaragoza se salvó y eso es lo que realmente importaba. La institución que más y mejor promociona a la ciudad seguía viva y ante tal evidencia siempre es mejor mirar hacia otro lado para buscar el bien común.
 
Con el tiempo justo y unas limitaciones asfixiantes impuestas por la Liga de Fútbol Profesional, los responsables técnicos tuvieron que diseñar una plantilla a precio de saldo. Se tocaron mil puertas, incluidas las de jóvenes promesas del fútbol español que de haber vivido en otra época ni hubieran soñado que el Real Zaragoza les hubiera llamado. Muchos ‘no’ y pocos ‘sí’ se recibieron. Finalmente, se compuso un plantel mayoritariamente joven, con presencia de jugadores de la casa y futbolistas muy específicos en las diferentes posiciones. Se trataba de formar un conjunto homogéneo más que un ‘once’ con futbolistas diferentes y desequilibrantes. La falta de recursos económicos y el límite de gasto impedía lo segundo.
 
Las sensaciones fueron buenas en el estreno en Huelva y mejores aún ante Osasuna en un partido en el que se perdieron dos puntos en el descuento. La visita al Barça B fue otro cantar. Ahí se pudo observar con claridad la diferencia de potencial entre un Zaragoza fabricado a base de parches y un equipo azulgrana que cuenta con futbolistas que aspiran a subir a su primer equipo y que precisamente no habían aceptado propuestas de incorporación al club blanquillo. El filial culé sería candidato serio al ascenso si le permitieran subir legalmente. Finalmente, la euforia de inicio quedó completamente apagada en el encuentro ante el Sabadell, colista al que no se pudo ganar ni teniendo superioridad numérica.
 
El caso es que el Zaragoza es el que es. No es un Betis construido claramente para lograr el ascenso ni tampoco un Llagostera que a priori parte con la intención de no descender. El día a día y el partido a partido será el que ponga a los blanquillos poco a poco en el lugar que realmente les corresponda. Guste o no, así es en una competición tan igualada como la Segunda División cuando no tienes elementos en tu equipo que sean claramente superiores al resto. De nada sirve ahora lanzar las campanas al vuelo por un supuesto prometedor inicio ni tampoco quemarlo todo cuando se sufre un tropiezo.  No hay más cera que la que arde.

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