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La sombra del Mariscal

Cuando de pequeños jugábamos a fútbol todos queríamos ser jugadores que metían goles o eran muy buenos técnicamente; esos eran nuestros ídolos, excepto si eras poco hábil con los pies como en mi caso y entonces era un portero. Recuerdo que en mi época todos elegían a Ronaldo, a Raúl, a Rivaldo, a Esnáider, a Morientes… Nadie elegía al bueno de Aguado, ni tampoco a Hierro o a Nadal. Era como si de pequeños ya aprendiésemos a valorar más a los jugadores ofensivos que a los defensivos, como si nos estuviésemos preparando a lo que luego nos iba a ofrecer la sociedad futbolística. Hoy nadie se atreve a proponer un candidato que en facetas defensivas se pueda equiparar a Cristiano y a Messi en las ofensivas y pueda luchar con ellos por ser el mejor jugador del mundo. Todo es fútbol, dicen; pero luego a la hora de entrar a valorar eso queda como un mero cliché. Ahí está el ejemplo del Atlético, casi todos enaltecen su fortaleza atrás, pero si tuviesen que elegir al mejor jugador del equipo la mayoría señalaría a Diego Costa. Son las cosas del fútbol, hacer goles es más vistoso que evitarlos, cuando lo segundo es igual o más importante. Te das cuenta de que es importante sobre todo cuando lo pierdes, cuando ese jugador que salva partidos en la sombra desaparece de un día para otro. Que se le pregunten si no al Real Zaragoza, cuando la temporada 2007/2008 vio a Gaby Milito poner rumbo al Camp Nou.

Milito era de esa clase de jugadores que salvaban partidos, que te acostumbraba a ello y así te podías deleitar con los goles de Villa o Savio y más tarde con los de Diego Milito o los de Aimar. Sabías que Milito estaba ahí, que era muy difícil que cometiese un error. Porque el Mariscal lo hacía bien casi todo, se anticipaba como nadie, aguantaba en el uno contra uno, sacaba el balón jugado desde atrás, incluso iba bien de cabeza pese a su estatura. Un jugador que si hubiese jugado en otro equipo que no fuese el Real Zaragoza y si en el mundo del fútbol le diese tanta importancia a los defensas como a los delanteros hubiese sido candidato a las más altas condecoraciones. Un jugador que cuando lo pierdes cuesta mucho reemplazarlo. Cuando Gaby Milito fichó por el Barça el Real Zaragoza no sólo perdió a uno de los mejores centrales que han pasado por sus filas, sino que perdió al alma del equipo dentro y fuera del campo, una pérdida que acabó siendo irreparable. Y eso que a priori su hueco lo iba a ocupar un central de talla mundial y de un corte casi idéntico al ex de Independiente, Robero Fabián Ayala. Eran tiempos de vacas gordas y creíamos que un central al fin y al cabo era sólo un central, que lo importante eran los goles de Diego Milito y los pases de D’Alessandro y de Aimar. Nos dimos cuenta de lo importante que era Gaby cuando Sergio Fernández nunca volvió a ser el mismo sin él al lado, ni tampoco Juanfran ni Diogo. Cuando el carácter y la garra que antes Milito transmitía a todo el equipo de repente ya no lo transmitía nadie. Cuando vimos que Ayala era un defensa venido a menos. Cuando se dieron las guerras internas que con el antiguo capitán seguro que nunca se hubiesen dado. Nos dimos cuenta que Gaby Milito era ese naipe que cuando lo sacas del castillo hace que todos los demás se derrumben y lo que era una majestuosa figura acaba convirtiéndose en nada.

Así hasta el día de hoy. Nadie ha sido capaz aún de suplir el enorme vacío que dejó el Mariscal. Ni ha pasado un defensa ni un capitán equiparable a lo que él fue. Como en todo lo que ahora mismo rodea al Real Zaragoza, ya sólo nos queda el recuerdo.

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