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La agonía de Paco Herrera

“Soy el más fuerte de los 22 entrenadores de Segunda División porque ninguno está viviendo esta situación”. Las palabras de Paco Herrera tras el inmerecido empate cosechado en Tenerife sonaron como un farol desesperado. Un órdago en una mano que ya se contempla perdida antes de que se repartan todas las cartas. Y la canción resulta familiar. Una huída hacia adelante propia de quien se siente desbordado y que recordó al “siento vergüenza” de Manolo Jiménez o a sus continuas menciones a los atributos masculinos, a la rueda de prensa incendiaria de Marcelino García Toral o al reparto de culpas que profirió José Aurelio Gay antes de su cese.
 
“Estoy jodido, porque nuestro ambiente no invita a nada”. Uno aventuraba allá por el mes de julio que Paco Herrera no tenía ni la más mínima idea de dónde se metía. Poco tiempo después de su presentación como técnico blanquillo ya reconoció que le había sorprendido la profundidad de la herida abierta entre club y afición. Ahora sabe a ciencia cierta que su propósito de pacificar el ambiente a través del balón, como pretendía el técnico, es una utopía a causa del sinfín de obstáculos extradeportivos. Desbordado y desorientado, los acontecimientos le han superado. Y no es el primero. De hecho, es la última víctima de una larga lista de entrenadores devorados por el agujero negro en el que se ha convertido el Real Zaragoza de Agapito Iglesias y Jesús García Pitarch.
 
“Nos faltan tres o cuatro futbolistas que se notan demasiado". Desde verano, el técnico no está conforme con la plantilla que le han confeccionado desde los despechos. Siendo cierto y obvio, suena a excusa y a una falta de confianza que se palpa en el planteamiento tan cobarde de los últimos encuentros. El entrenador reconoció que sus jugadores parecen estar peleados con el balón, pero no es capaz de remediarlo. Ver al Real Zaragoza agazapado e incapaz de crear oportunidades ante el Lugo, el Tenerife o los niños del Barcelona B es un martirio. Más si cabe cuando el sistema defensivo demuestra una debilidad impropia de un equipo profesional.
                                                                                                                 
"Luis García es importante. No es cualquiera. Merece una oportunidad". Sin apoyos en el club, a Paco Herrera sólo le queda refugiarse en un vestuario dinamitado desde fuera mediante despidos, degradaciones, expedientes e impagos. No hay razones futbolísticas, sino psicológicas, que amparen su obcecación en blindar en la titularidad a Luis García. El entrenador necesita el apoyo de los futbolistas con más ascendencia para empujar al resto. Huele que en el banquillo se convertirían en un problema más que añadir a la interminable lista de dificultades. Antepone nombres a hombres para no verse solo también en el vestuario. Una decisión comprensible dadas las circunstancias, pero que no está dando ningún resultado sobre el campo ni hace ningún favor a un futbolista que no está para tanto trote.
 
"Pero mando un grito de ánimo a mis futbolistas: ¡aún podemos acabar entre los seis primeros!". Así acabó una de sus respuestas en una rueda de prensa que evidenció la agonía que Paco Herrera está atravesando. El objetivo se ha rebajado a disputar el playoff de ascenso porque el fútbol no da para más. No quiere rendirse, pero es evidente que ser entrenador del Real Zaragoza se ha convertido en un suplicio difícil de soportar.

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