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Javier Paredes: Historia de un escarnio

Los sambenitos eran una especie de ponchos que portaban aquellos que según la Inquisición habían atentado contra la imagen y el deseo de Dios. Esta prenda debía ser llevada por el pecador durante todo el tiempo que durase su condena y sólo se la podían quitar cuando estuviesen dentro de sus casas. Era una manera de señalarlos públicamente. No contentos con esto, el ‘santo’ tribunal obligaba a que los sambenitos fuesen colgados de lo alto de las parroquias a las que solían asistir los condenados para que éstos –y el resto de la población- no olvidasen los crímenes que habían cometido; incluyendo los quemados en la hoguera. Además, cuando estas vestimentas se pudrían después del paso del tiempo, eran reemplazadas por otras nuevas; quedando así asegurada la propagación de la infamia a través de los descendientes del pecador primigenio. Si a esto le sumamos la leyenda negra que acompaña a la Inquisición, según la cual muchos de los ajusticiados no habían cometido los crímenes que se les impugnaban, conseguimos el dicho popular de ‘colgar un sambenito’, es decir, culpar inmerecidamente. En la parroquia zaragocista, muchos imaginaban este infausto traje sobre los hombros del que hasta hace poco ha sido capitán del Real Zaragoza, Javier Paredes.

Ahora Paredes ya no está. Se fue con lágrimas en los ojos, obligado por unos dirigentes que cada vez demuestran más lo poco que les importan los pocos jugadores veteranos que quedaban dentro del conjunto blanquillo. Seguro que no imaginaba esta salida cuando llegó procedente del Getafe de Bernd Schuster tras realizar una gran temporada. Tampoco lo imaginaba cuando tras descender el primer año decidió quedarse –pese a tener ofertas de otros equipos- porque según él se sentía con la obligación de devolver al equipo a Primera, mientras veía como muchos de los que habían sido sus compañeros ese año ponían pies en polvorosa al más puro estilo ‘sálvese quien pueda’. Es curioso que muchos de estos jugadores que huyeron sin mirar atrás y sin el menor sentimiento de culpa ni de responsabilidad hoy sean considerados por muchos como historia viva del zaragocismo. Pese a todo, ‘El Jabalí’ decidió continuar; pero si pudiese viajar en el tiempo seguro que se replanteaba haber tomado otra decisión, porque tras ello fue apartado por dos entrenadores distintos y acabó siendo el centro de las críticas de los que a día de hoy se alegran de perderlo de vista. Ante todo esto respondió de la única forma que cree correcta, trabajando. A las dos primeras se sobrepuso y acabó siendo titular, pero de nada le sirvió con la tercera. Porque cuando te cuelgan el sambenito es muy difícil quitártelo de encima, y en tiempos de Agapito Iglesias todavía más. Porque la crispación continua que se respira dentro del zaragocismo –en según qué sectores es todavía más acentuada- por culpa del máximo accionista acaba por intoxicar a todo lo que le rodea, y la única opción es salir corriendo. Le pasó a Marcelino, a Aguirre, a Manolo Jiménez, ahora le ocurre a Herrera… Y así les seguirá pasando a todos los que vengan si el de Navaleno no decide de una vez poner fin a esta etapa funesta.
 
Pero no sólo es culpa de Agapito. También es culpa nuestra por no saber administrar esta crispación. Por creernos que todo es Agapito Iglesias. Por no saber encontrar el gris entre el negro y el blanco. Por sufrir alardes de grandeza y pensar que hasta antes de llegar al actual máximo accionista el Real Zaragoza estaba año sí y año también ganando Recopas, jugando finales de Copa del Rey y luchando por entrar en Champions; y que todas las plantillas eran tan buenas como la de los Cinco Magníficos o la de los Héroes de París. Porque la bandera del zaragocismo nunca ha sido la de la megalomanía, ha sido la de la humildad, la del esfuerzo y la del trabajo. Con estos valores ha conseguido ser el Real Zaragoza alguna vez grande, valores que representa a la perfección Javier Paredes. Y no nos engañemos, a lo largo de la historia zaragocista ha habido muchos como él, jugadores limitados pero conscientes de sus limitaciones; que en otra época si hubiesen estado siete años –varios de ellos como capitán- no hubiesen recibido esta fría despedida que le ha brindado la gran mayoría de la afición blanquilla al ovetense. Porque el compromiso y la entrega han sido dos facetas que históricamente el zaragocismo ha valorado tanto o más que la técnica y la clase, por ello era difícil encontrar a un jugador que saliese descontento de su etapa en el Real Zaragoza. Si alguna vez queremos volver a ser ‘lo que fuimos’, deberíamos empezar por nosotros mismos, aprendiendo de nuevo a saber valorar todo esto.

Mientras tanto Paredes ya se ha ido, pero muchos siguen viendo su sambenito suspendido desde lo alto de la parroquia zaragocista mientras miran al campo como decidiendo quién será el próximo condenado al que decidan colgárselo. 

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