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Intrahistoria de un Mundial

En la sala de prensa se agolpan periodistas de medio mundo. Otrora gimnasio o incluso pequeño campo de entrenamiento, ahora hay mesas, sillas, ordenadores y cables, muchos cables. Todo ello para cubrir la información del Mundial de Balonmano. La televisión polaca, la ZDF alemana, la procesión de medios españoles…. Todos están allí. Algunos disfrutan de un piscolabis, otros se centran en sus ordenadores, pero todos están pendientes del España contra Alemania, que va a empezar en unos minutos.

Y lo hará a apenas escasos metros de ese lugar. Una gran cortina separa la pista de los “intestinos” del Mundial, dónde todo se mueve en silencio. Y allí en la cancha están ya los Aguinagalde, Gensheimer, Entrerríos, Roggisch, Tomás, Heinevetter, Sterbik, etc…

En las gradas, se distinguen las figuras de los voluntarios, algunos de ellos con un chaleco rojo (Voluntariado de Zaragoza) y otros con sudadera con el logotipo de Handball 2013 y la palabra VOLUNTARIO a la espalda. Pero todos ellos con un objetivo común: mantener el orden y ayudar a los visitantes a encontrar fácilmente su sitio, para que cuando el espectáculo comience, todo el mundo esté preparado.

La seguridad en las entradas no da abasto, y se tiene que habilitar una tercera puerta, entrada habitual de jugadores y trabajadores, ahora transformada también en puerta de acceso. Allí hay una pequeña sala cuyo letrero reza “Acreditaciones”, que a esas horas es un hervidero. Los voluntarios que allí trabajan se afanan por cumplimentar pases de última hora. ¡Hasta algún familiar de algún jugador necesita ser acreditado en los últimos minutos!

Entre los trabajadores del Príncipe Felipe, todo son nervios. Son muchos días de trabajo los que tocan a su fin, para llegar a este momento, el último día que albergará el pabellón zaragozano partidos del Mundial. Las semifinales y la final se trasladarán al Palau Sant Jordi de Barcelona.
Pero los nervios no se trasladan al pabellón. A falta de cinco minutos, el feudo maño ruge mientras corea el himno español. Y muestra un respetuoso silencio mientras suena el alemán y los pocos seguidores del combinado visitante lo cantan.

No cabe un alfiler. Todos han hecho su trabajo a la perfección y el partido da comienzo. Se vive un emocionante y bonito encuentro en el que el final feliz es ya consabido: Ganó España.
Y el partido no acabó ahí. Más de quinientas personas se agolparon a la salida de los jugadores del pabellón para vitorearles por el pase logrado a semifinales y rescatar de paso algún autógrafo. Las estrellas del combinado español no dudaron en aceptar la petición, hasta que alguno se dio cuenta de que casi pierde el autobús por andar firmando libretas, balones y camisetas.

El autobús se marchó de Zaragoza, pero para el recuerdo quedaron esas dos victorias ante Serbia y Alemania, con un pabellón Príncipe Felipe lleno hasta la bandera y volcado totalmente. Quedará el rostro de Víctor Tomás gritándole ¡VAMOS! A la gente, a apenas 2 metros de distancia. Y quedará el encomiable trabajo de los trabajadores y voluntarios del coliseo zaragozano.

Se dice, que Zaragoza fue la clave, fue el motor y fue la gestación, del éxito que alcanzaría la selección pocos días después en Barcelona. Quién sabe. Nuestra única intención fue aportar nuestro granito de arena.

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