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El día que Pelé dijo adiós en La Romareda

Iba a cumplir 34 años y tomaba una decisión que se veía venir en los últimos meses. Se había retirado de la selección brasileña en loor de multitudes hacía tres años en un partido disputado ante Yugoslavia –que acabó 2-2– el 18 de julio de 1971, un año después de haber conquistado en México el tercer cetro mundial para su país, y desde entonces tanto Pelé como el Santos brasileño se centraron más en organizar giras internacionales por todos los rincones del mundo que en la propia competición nacional. Se había vaciado, su palmarés y su carisma lo hacían un mito viviente, y tras dejar en las vitrinas del equipo santista 26 títulos –a destacar 6 Brasileiraos, 2 Copas Libertadores y 2 Intercontinentales–, y en la memoria de todos los brasileños 3 Mundiales para la historia, la carrera de Pelé tocaba a su fin.

A finales de 1973, el entonces presidente de la Confederación Brasileña (CBD), João Havelange –que en verano sería nombrado presidente de la FIFA– intentó convencer a Pelé para que acudiese al Mundial de Alemania dado que la columna vertebral del equipo que había maravillado en México tres años antes estaba diezmada. Carlos Alberto –capitán de aquella selección–, Gerson y Tostao –este lastrado por un desprendimiento de retina que había sufrido tras un balonazo en un Cruzeiro-Corinthians en septiembre de 1969, y que solo le había dejado jugar de manera intermitente– se habían retirado, y las estrellas Jairzinho y Rivelino no atravesaban su mejor momento. Pelé se mantuvo firme en su decisión de no acudir a Alemania, Brasil caería ante la Holanda de Cruyff (2-0) en el último partido de la fase de grupos que daba acceso directo a la final, y acabaría 4ª el Mundial.

El Santos tenía decidido que la gira de despedida de Pelé por Europa acabaría el 1 de septiembre en Cádiz con la disputa del Ramón de Carranza, para despedirse del fútbol un mes después, en un partido frente a Ponte Preta (2-0) que se disputaría en el estadio Vila Belmiro, la que había sido su casa durante 18 años. Sin embargo, en plena disputa del torneo gaditano el Santos llegó a un acuerdo con José Ángel Zalba, presidente del Real Zaragoza, para la disputa de un último bolo dos días después en el estadio de La Romareda ante el conjunto maño, que a las órdenes del gallego Luis Cid ‘Carriega’ había acabado 3º en Liga y que estaba armando un equipo inolvidable, que se recordaría para siempre como ‘los Zaraguayos’ –el sobrenombre se haría famoso después de que ‘Zaragoza Deportiva’, un reconocido seminario, titulara en su portada “Adelante Zaraguay” tras una victoria del conjunto maño por 5-1 ante el Racing de Santander el 13 de enero de 1974–, por el desembarco de jugadores paraguayos y sudamericanos que nutrirían la plantilla en aquella época.
 
El mejor torneo veraniego de la historia
 
Por aquellos años, Pelé ya estaba en el ocaso de su carrera, pero aunque su físico ya no le acompañara su magia seguía activa, continuaba dejando muestras de jugador superdotado técnicamente, de elegido, y su sola presencia abarrotaba estadios allá donde iba. El estadio Ramón de Carranza de Cádiz iba a acoger en semifinales un doble duelo catalano-brasileño. La expectación de la primera semifinal entre el Santos y el Espanyol de Barcelona –vigente campeón del torneo– llevó incluso a televisar el encuentro por TVE. El Santos deslumbró en el arranque de partido con un juego pausado pero virtuoso, y a base de triangulaciones y desbordes –sobre todo de su pareja de delanteros Clyton y Edu– embotelló en su área a un Espanyol demasiado prudente. El partido se jugaba en campo españolista, y el Santos tuvo dos ocasiones clarísimas para adelantarse en el primer cuarto de hora, incluido un trallazo al larguero de Ze Carlos.

A partir de ahí, el Santos se diluyó, el Espanyol se sacudió la presión y el partido cambió. La intensidad defensiva de los catalanes era demasiado para el parsimonioso fútbol del equipo santista, y el excepcional marcaje del aragonés Fernando Molinos –aunque accidentalmente naciera en Soria, donde su padre Antonio entrenaba al Numancia– sobre Pelé dejaba al Santos huérfano en ataque. El empuje tuvo premio y al borde del descanso Cuesta remataba un centro de Rafa Marañón (que debutaba, tras llegar procedente del Real Madrid –no confundir con Ramón Marañón, aquel que había acabado con la carrera de Javier Clemente 5 años antes en la Creu Alta de Sabadell–) y avanzaba al Espanyol. A los 12 minutos de la segunda parte, de nuevo Marañón –el mejor del partido–, a la salida de un córner ponía el justo y definitivo 2-0 en el marcador y daba el pase a la final al equipo perico. La otra semifinal enfrentó al campeón brasileño y al campeón español, venciendo el Palmeiras al Barça de Cruyff por 2-0 y evitando una final española.

El partido tuvo como morbo añadido el reencuentro entre Luis Pereira y el holandés Johan Neeskens, después de que el primero le hiciese una dura entrada al segundo en la Copa del Mundo, que supuso la primera expulsión de un brasileño en la historia de los Mundiales. La derrota escoció en Barcelona, dado que los de Rinus Michels dejaban escapar la posibilidad de alzar su tercer Trofeo Carranza, de un prestigio enorme por aquellos tiempos en los que eran los grandes equipos sudamericanos los que se dejaban caer por España en sus multitudinarias giras, de la misma forma que Barça o Madrid se pasean por Asia y EE.UU en la actualidad.

Al día siguiente Santos y Barça disputaban el 3er y 4º puesto en un duelo histórico que enfrentaría a dos leyendas del balompié: Johan Cruyff y Pelé. Un Santos entregado cerró un torneo decepcionante, cayendo con estrépito por 4-1 y adviniendo que se presentaban años duros para una entidad que había dominado hegemónicamente el fútbol sudaméricano mientras Pelé había mantenido su esplendor. Un gol de penalti de Pelé a tres minutos del final salvaba la honra del equipo paulista, que había visto como Neeskens en dos ocasiones, Marcial y Asensi habían perforado las mallas del meta Wilson, que tuvo que multiplicarse para evitar una goleada histórica.

En la final, el Palmeiras se impondría por 2-1 al Espanyol con goles de Leivinha –tío de Lucas Leiva, actual jugador del Liverpool– y Luis Pereira, jugadores que venían de disputar el Mundial de Alemania y que se beneficiarían de su gran actuación en el torneo para fichar al año siguiente por el Atlético de Madrid –entonces subcampeón de Europa y vigente campeón de la Copa Intercontinental–, que desembolsó 70 millones de pesetas por ambos, y con el que formarían parte de un equipo de ensueño, que a las órdenes de Luís Aragonés ganaría una Copa en la temporada 1975/76 y una Liga en la siguiente. El conjunto alviverde conquistaba así su segundo Carranza –ya había ganado en 1969–, título que reeditaría al año siguiente imponiéndose (3-1) al Real Madrid de los Nietzer, Del Bosque, Pirri, Breitner, Amancio o Santillana.
 
Un partido inolvidable
 
El 3 de septiembre de 1974 La Romareda se vestía de gala para despedir a O’Rei del continente europeo. Perico Fernández, campeón del mundo de boxeo, hizo el saque de honor en los prolegómenos, mientras se anunciaban los onces de ambos equipos. El técnico ‘Carriega’ presentó un once con Irazusta en portería, Ovejero de central y el capitán Violeta de libre, con Rico y Royo en los laterales, Planas y García Castany en la medular, Laureano Rubial y Soto en los extremos, Nino Arrúa como ‘10’ y el ‘Lobo’ Diarte en punta. El Santos tenía como reto lavar la triste imagen que había dejado tras sus dos partidos de Cádiz, pero un inicio fulgurante del Zaragoza parecía copiar el guión de los encuentros ante Espanyol y Barça, y el cansancio que podía suponer el hecho de disputar su tercer partido en cuatro días no hacía albergar demasiadas esperanzas en el conjunto brasileño. A los 35 minutos una gran jugada del paraguayo Arrúa la culminaba con una asistencia a su compatriota Carlos Diarte, que batía a Wilson de disparo con la zurda. Sin haberse hecho todavía con la titularidad, una temporada le había bastado al ‘Lobo’ Diarte –que había llegado la temporada anterior procedente del Olimpia de Asunción con tan solo 19 años– para ganarse a una hinchada mañica que lo adoraba, y a la que daría innumerable tardes de gloria los dos años siguientes. Al borde del descanso Soto de ajustado lanzamiento, ponía un 2-0 que apuntaba a goleada. Sin embargo, el Santos reaccionó al instante gracias a Pelé, que acortaba distancias al transformar un penalti que el meta Irazusta había cometido sobre O’Rei.

El Zaragoza se contagió del ritmo bajísimo de partido que imponía el Santos y acabó desactivándose. Con el físico en reserva, el  equipo paulista focalizó su juego en las contras lanzadas por Pelé y desplegadas por los veloces delanteros Clayton y Ze Carlos. Y el plan cuajó. Pasado el cuarto de hora, de nuevo Pelé robó un balón en su campo, condujo hasta el área zaragocista y cedió a Clayton que batió a Nieves –que había entrado por Irazusta tras el descanso–. Cuando remató Clayton para poner el 2-2, el central argentino Ovejero –que había llegado ese verano del Atlético de Madrid donde había ganado dos Ligas, una Copa y había disputado la final de Copa de Europa frente al Bayern Munich– intentó sin suerte impedir el tanto, se colgó de las redes, el arco cedió y echó abajo la portería de la Tribuna Gol cayéndole un poste en la cabeza. El golpe no tuvo consecuencias, y los 18 minutos que se tardó en levantar la meta los recuerda Ovejero con humor: “La gente me felicitó por tirar la portería, así todos aprovecharon para hacerse fotos con el negro Pelé”. Así fue. El respetable invadió el campo en busca de su ídolo, sabedores de que no volverían a disfrutar de un momento igual.

La historia dejaría después derrumbamientos de portería, como el sucedido en el Giants Stadium de New Jersey en 1994 con la disputa del México-Bulgaria de octavos de final del Mundial de EE.UU, o en la semifinal de Champions disputada en el Bernabéu entre el Real Madrid y el Borussia Dortmund en la temporada 1997/98, pero en ese momento se trataba de un hecho insólito en el fútbol de élite, algo que no recordaban ni los más viejos del lugar. Levantada y asegurada la portería, el partido se reanudó. Pelé decidiría el encuentro de libre directo con un golpeo de genio, que tras salvar la barrera limpió las telarañas del arco de Nieves, firmando el 2-3 definitivo.

Con el pitido final la multitud se echó al campo para pasear en hombros a un mito viviente al que habían tenido el privilegio de ser los últimos europeos en despedir. El lateral burgalés José Luis Rico se llevó el premio gordo al conseguir la camiseta de Pelé, que se la había prometido durante el partido. Un objeto de valor incalculable, por el misticismo del momento y el personaje en cuestión.
 
La aventura yankee
 
Este partido supondría un punto de inflexión en las trayectorias de Pelé y del Real Zaragoza. El primero cerraría a principios de octubre el compendio de ovaciones, muestras de cariño, reconocimiento y agradecimiento eterno hacia su persona en que se había convertido la gira mundial de Santos para poner punto y final –que acabaría siendo punto y seguido– a 18 años de carrera. Una vez retirado, Pelé siguió recibiendo ofertas de los grandes clubes de Europa y hasta del América de México, pero tuvo que ser el dueño del Cosmos estadounidense y jefe de la Warner Brothers, Steve Ross el que mediante un proyecto colosal echara mano de un contacto de prestigio como el entonces secretario de estado Henry Kissinger para convencer a Pelé, ofreciéndole un contrato astronómico con el objetivo de explotar el soccer en Estados Unidos. Clive Toye –manager general del Cosmos– hizo el resto, y tras más de seis meses de negociaciones Pelé aceptó la oferta, con la condición de llevarse con él a Julio Mazzei, preparador físico del Santos.

Pelé debutaría con el Cosmos el 15 de junio de 1975 en un partido de exhibición frente al Dallas Tornado (2-2 con gol de Pelé), y allí permanecería dos años, durante los cuales fueron llegando al club jugadores de la talla de Beckenbauer, Carlos Alberto o el ex delantero de la Lazio Chinaglia. En una entrevista concedida a El País el pasado 24 de marzo, el gallego Santi Formoso, futbolista que coincidió con este elenco de estrellas en el Cosmos, explicaba: “Pelé cobraba 50.000 dólares por partido. Yo habría pagado por jugar en ese equipo de monstruos, pero ellos si no les pagaban antes, no jugaban”. El soccer revolucionó el país, el estadio del Cosmos pasó de tener una asistencia media de menos de 8.000 espectadores a 48.000, la mascota era Bugs Bunny, y las tribunas se llenaban de personajes como Mick Jagger o Muhammad Ali. Puro show. En 1977, el Cosmos vencía a los Seattle Souders (2-1) y alzaban el segundo título de su historia. Este sí sería el último partido oficial de Pelé, que se despediría para siempre en un emotivo partido de homenaje entre Santos y Cosmos en el que jugó medio tiempo con cada equipo.
 
Los sucesores de Los Magníficos
 
El Zaragoza por su parte emprendería dos años gloriosos en los que exhibiría un fútbol de muchos quilates siendo subcampeones de Liga esa misma temporada, y dejando en La Romareda goleadas para la historia como el 6-1 al Real Madrid, un 4-0 al Vitoria Setubal y un 5-0 al Grasshoppers en Copa de la UEFA, o la victoria ante el Barcelona (2-1) en la penúltima jornada de Liga que aseguraría el 2º puesto en Liga, mejor posición de toda su historia. La temporada siguiente, los ‘Zaraguayos’ llegarían a la final de Copa perdiendo frente al Atlético de Madrid en el Santiago Bernabéu gracias a un solitario gol de Gárate.

El Zaragoza se volvía a codear con los grandes, pero aquel verano de 1976 el técnico ‘Carriega’ se fue al Sevilla, el Valencia pagó 60 millones de pesetas –récord de la época– para llevarse al ‘Lobo’ Diarte, el equipo se desmoronó y dirigido por el técnico francés Lucien Muller, descendió a Segunda División en una temporada para olvidar, cerrando de manera trágica un ciclo glorioso. El Zaragoza se levantaría, y de la mano de Arsenio Iglesias regresaría al lugar que le corresponde a la espera de una época dorada que no tardó tanto en llegar. Es lo que tienen los grandes, siempre vuelven.

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Comentarios

Magnífico articulo. Me quedo con la última frase:Es lo que tienen los grandes, siempre vuelven.
Hay que movilizarse ya antes de que desaparezcamos

¡Qué recuerdos más inolvidables! VOLVEREMOS

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