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Cuatro días de adrenalina

En líneas generales, soy bastante desastre. Si algo no me molesta explícitamente, es difícil que lo recoja por propia voluntad. Yo lo veo bien así pero la sociedad no, qué le voy a hacer. Fruto de ello, en mi mochila de uso habitual -desde aquí aprovecho a decir no a las bandoleras- todavía se acumulan algunas acreditaciones y hojas estadísticas que, sin la intención de conservarlas, permanecen inamovibles por el mero hecho de que tampoco ocupan un espacio relevante. Entre esos inconexos papeles, el otro día rescaté una pequeña libreta de anillas recuerdo de la pasada Copa del Rey de baloncesto. El lema que en ella aparece; '4 días de adrenalina'. Justamente, el mismo que el de la presente edición. En líneas generales, a la hora de vender el producto la ACB es bastante desastre.

 

Afortunadamente, en esta ocasión el producto se vende solo. Seguramente, no existe un evento deportivo más apasionante en España que la Copa. Se trata del formato idóneo: cuatro días, ocho equipos, una ciudad y baloncesto del más alto nivel. Todo ello, envuelto por una atmósfera especial. Única. Aficionados de todo pelaje, algunos incluso sindicados a equipos que ni siquiera concurren a la cita, vuelcan su pasión común entorno a una tarima compartida. Lazos que se suelen extender fuera del pabellón. Por un fin de semana, el deporte de la canasta adquiere la relevancia que su popularidad merece. Yo no podré estar allí, el CAI Zaragoza sí y eso es lo importante.

 

En 2005 ocurrió justo al contrario. La capital aragonesa fue el escenario elegido por la ACB para celebrar su fiesta más importante, pero el cuadro rojillo no estaba ni en la categoría. Eran los años de la LEB. Un curso oscuro, que comenzó con Óscar Quintana en el banquillo y finalizó con el regreso de Alfred Julbe. Fue la campaña de Pozzeco, Hispano y el primer play-off perdido contra León. En esta ocasión, eso sí, en primera ronda y por la vía rápida; 3-0. Aunque, para mí, aquel siempre será el año en el que tuve mi primer contacto con la Copa. Que la conocí por dentro, en persona. Desconozco si entonces el lema ya era '4 días de adrenalina', pero hubiera reflejado a la perfección lo vivido. Solo diré que con menos elementos Todd Phillips montó la saga 'Resacón'.

 

Claro que siempre quedó la espinita de no haber podido lucir la bufanda de mi equipo. Un debe que pudo ser saldado en Vitoria. En el Buesa Arena, un pabellón cinco estrellas, digno de la Euroliga que cada semana alberga. La experiencia fue magnífica, pero se hizo corta. De hecho, la forma de caer fue dolorosa, barridos por el conjunto local en un segundo tiempo para olvidar. En cierto modo, fue como acudir a Woodstock y perderse el concierto de Jimi Hendrix. La gran mayoría de la marea roja viajó el jueves en autobús, regresó al término del partido y ya no volvió otra vez. La maldición copera dice que el anfitrión nunca gana, y no lo hizo, pero nos ganó a nosotros y eso era lo que importaba. Menos mal que, a diferencia de su versión de 2005, y de mi mismo, este CAI no es un desastre y, por ello, tiene ante sí la oportunidad de redimirse. Este jueves, en Málaga y ante Unicaja.

 

Los zaragozanos tampoco son ya los novatos que fueron. Solo Shermadini, Tabu y Sanikidze desconocen lo que es jugar la Copa del Rey. No en otro tipo de torneos del KO, pues si algo va sobrado el trío es de experiencia internacional en conjuntos punteros. En el ambiente, el conjunto zaragozano tampoco posee ya el aura de pardillo. Al contrario, tras finalizar terceros la pasada campaña, el vestuario dirigido por José Luis Abós se ha ganado el respeto de toda la competición. Desde luego, en Unicaja no estaban contentos con la bola que le había deparado el sorteo. Pero lo más importante es que, gracias a su equipo, la marea roja vuelve a tener la oportunidad de disfrutar de '4 días de adrenalina'. Ojalá que, en esta ocasión, sean todos ellos con el CAI como protagonista. 

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