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Carlos Pauner: "El alpinismo es una lección de conocerte a ti mismo"

Carlos Pauner (Jaca, 1964) es uno de los aragoneses más ilustres. Alpinista de élite, se convirtió hace algo más de medio año en una de las pocas personas del planeta capaces de hacer cumbre en los catorce ochomiles de la tierra. AragonSport ha querido volver a recorrer con él todo este duro y glorioso proyecto. Aragón, sus inicios en la montaña y los próximos retos en los que se embarcará tampoco han pasado desapercibidos.
 
Primero, pregunta obligada. ¿Cómo te encuentras del accidente que sufriste en el rocódromo de Puerto Venecia?
 
Me encuentro mejor, pero fue un accidente muy grave que casi me cuesta la vida. Las roturas fueron muy fuertes. Aunque ya han pasado tres meses, y voy más rápido de lo que se esperaba, para mi gusto voy demasiado lento. Primero estuve en la cama, luego en la silla de ruedas, después pasé a las muletas, y ahora estoy intentando retomar la vida normal. Aún me faltan varias semanas para poder estar al 100%. Es un proceso largo, doloroso y difícil a nivel psicológico. Para alguien tan activo como yo un parón así es muy serio.
 
Naciste en Jaca, ciudad de montañeros, pero te criaste en Zaragoza. ¿Cómo se despertó en ti la pasión por el alpinismo?
 
Es curioso porque no provengo de familia alpinista. A los 15 años estuve pasando en Jaca una Semana Santa con mi abuela y en una librería vi un libro de montaña que se llama “Hielo, nieve y roca”. Es de un alpinista francés y al ojearlo me impactó mucho, fue como un flechazo. Vi allí imágenes de escaladores colgando en paredes con el Mont Blanc de fondo que me entusiasmaron. Poco después ya me apunté a un curso de escalada que hice en Morata de Jalón y en Riglos, y ya empecé a conocer a gente que también comenzaba a escalar. Desde entonces la escalada ha estado en mi vida.
 
El libro que mencionabas es de Gaston Rébuffat, quien también es autor de esta frase: “El alpinista es quien conduce sus sueños por donde sus ojos los soñaron”. Tú siempre has incidido mucho en la idea de la culminación de los sueños…
 
Los sueños son el motor del alpinismo y también lo han sido en mi vida. Lo único que he hecho es crear mis sueños y perseguirlos de la misma manera: creyendo, preparándome para ellos y llevándolos a cabo. Además he conseguido que ellos hayan sido parte de mi vida profesional, por lo que la felicidad de haber logrado eso es muy grande. Tuve el sueño del alpinismo y lo cumplí, el de la química, y trabajé en ese mundo 10 años, y el de volar y logré hacerme piloto comercial y monté una compañía. Siempre estoy haciendo algo que me gusta y eso es importante.
 
¿Cuándo empezaste a soñar con poder culminar los 14 ochomiles del planeta?
 
Es un sueño tardío, algo que me sobreviene cuando ya llevo una larga carrera en el alpinismo. Todo es un proceso en el que no valen atajos. Empiezas a escalar en roca en sitios como Morata de Jalón, Jaraba o Riglos. Luego sales al Pirineo. Después vas al Pirineo en invierno, donde ya hay corredores y cascadas de hielo que te permiten aprender la técnica de escalada en esas superficies. El paso siguiente y lógico son los Alpes, que supone un cambio de escala para descubrir la escalada en alta montaña. Tras ello me llamó el Himalaya, pero ya tarde. Tenía cerca de 30 años cuando fui la primera vez, pero con la experiencia previa que había adquirido pude disfrutar de todo ello.
 


Tu primer ochomil fue el K2 (2001), la llamada ‘montaña salvaje’. Sé que valoras mucho esa cumbre.
 
Cuando fui al K2 ya había intentado otros ochomiles, como el Kanchenjunga por su cara norte, el Everest, e incluso casi había llegado a la cima del Broad Peak. Así que ya conocía lo que era la altura, y me gustaba y atraía. Esa expedición del K2 tengo la suerte de hacerla con amigos; Pepe Garcés, Javier Barra y Javier Pérez. Nos encontramos al pie de esta montaña tan difícil con solo una expedición más, con lo que tuvimos que trabajar mucho en la propia montaña. La considero la montaña más bella del Himalaya y del mundo. El trabajo de equipo en un lugar tan prestigioso me produjo probablemente la sensación más hermosa que he podido tener en todos los años en el Himalaya.
 
Durante la franja de años en que culminasteis el K2 poca gente más logró hacer cumbre.
 
Sí. En cinco años sólo subieron 7 personas, y todas lo hicimos el mismo día. Es que el K2 es una montaña muy difícil, pero para mí es perfecta. Es una pirámide final de 11 km de base por 4 km de altura. Una mole que emerge. Es muy parecida al Cervino, una montaña de los Alpes que es muy fotografiada y está en muchos anuncios. El volumen del K2 serían 54 Cervinos, unos apilados encima de otros. Algo extraordinario. Cuando pones los pies en la segunda cima del mundo y tienes todo el Karakórum debajo, es impresionante. Al estar tan alejado del Everest nada hace sombra al K2.
 
Además pudisteis estar bastante tiempo en la cima…
 
En la cima estuve cerca de una hora y media. Era mi primera cima en un ochomil y guardo muy buen recuerdo. Allí confirmé que valía para esto y empecé a ver la luz. A partir de esa ascensión es cuando me profesionalizo en el mundo del alpinismo.
 
Se dice que el K2 te marca para bien o para mal; y contigo lo hizo…
 
Es que subí el K2 sin un equipo superpotente que había ido poniendo cuerdas, había sido a base de mucho trabajo y tiempo en la montaña. La sensación que me quedó fue de mucho poderío. Es entonces cuando decido comprometerme en el proyecto de los ochomiles de una forma más consciente y tranquila.
 
Luego vino el Makalu en la primavera de 2002…
 
En el Makalu salió todo redondo. Fue la primera expedición en la que ya no iba con gente conocida sino que me incorporé a un equipo italiano y vasco que no conocía de nada. Me vino muy bien conocer a unos profesionales con los que luego he compartido muchas expediciones. El Makalu es la quinta altura de la tierra y una montaña fría y larga, pero en esa ascensión me encontré muy bien y salió todo a la perfección. Desde la misma cima bajé al campo base de un tirón. A las once de la mañana estaba en la cumbre y a las once de la noche en el campo base. El recuerdo es de rapidez, eficacia y de muy buenas sensaciones.

El siguiente fue el Kanchenjunga, lugar donde viviste una experiencia realmente dura…
 
El Kanchenjunga es otra lección distinta. Hasta que llegué todo había ido bien pero aquí noto ya los peligros evidentes del Himalaya en mi propia piel. Primero conseguimos hacer algo muy bonito con el mismo grupo que había coincidido en el Makalu, que fue abrir una nueva ruta. Esto nos hizo llegar muy tarde a la cumbre y tomar muchos riesgos. El tiempo cambió para mal y nos obligó a destrepar la misma ruta por la que habíamos ascendido, porque no lográbamos ver la otra.

En el descenso sufrí una caída y me quedé solo, lo que derivó en tres días de incertidumbre total en mi tierra. Yo allí estaba intentando sobrevivir al frío y a la altura, buscando orientarme en medio de la ventisca. Aunque finalmente el tercer día conseguí regresar al campo base. En el Kanchenjunga me conocí y vi donde estaban mis límites, hasta donde podía estirar mi cuerpo. Conocí hasta donde no podía llegar nunca porque cualquier situación de azar te deja en la montaña. Por otro lado también viví la alegría de ver que ante una situación tan difícil mi comportamiento fue bueno. Todo esto me dio mucha fuerza para seguir con el proyecto.
 


¿Elegisteis por algo especial el nombre ‘Luces de Nirvana’ para la ruta que abristeis?
 
No. Además el nombre original es en italiano porque los tres compañeros que tenía eran de allí. Yo no estaba para muchos nombres, porque era el que más había sufrido en esa expedición. Ellos eligieron ese nombre y a mí me pareció fenomenal, como si le hubiesen puesto ‘Bartolo el del bolo’ (Ríe).
 
No es una ruta entera del Kanchenjunga pero sí que es una variante desde el último campo hasta la cima, de unos mil metros, por el centro de la pirámide. Es dura, tiene pasos de escalada de 5+ e incluso 6a, por eso no creo que se repita. Es directa, en vez de bordear la montaña te metes en una gran chimenea de hielo que tiene por el medio esa pared. De hecho no llevábamos esa idea, pero cuando llegamos al campo y vimos esa línea tan clara dijimos: ‘Vamos a probar’. Se nos fue la pinza (Ríe). Pero también está bien que se te vaya de vez en cuando. Aparte de que la otra ruta no es ningún manjar, no es nada sencilla, con repisas y chimeneas.
 
 
En la propia cima ya pensabais que iba a ser complicado salir con vida…
 
Sí. Llegamos a la cima muy tarde -16.30 horas- y habíamos forzado pasos en la subida sin ningún tipo de cuerda. Nuestra intención era bajar de la cima por la ruta convencional que es más sencilla, pero no pudimos encontrarla porque estábamos envueltos en nubes. Se iba a hacer de noche y destrepar es más complicado que escalar. Creo que en la cima todos pensamos que no íbamos a salir de allí ninguno. Ya de muertos intentamos pelear, que perder ya teníamos poco que perder.
 
En la caída que mencionabas sobre la pared de hielo, has llegado a comentar que ya solo sentías paz porque habías hecho todo lo que estabas en tus manos para sobrevivir…
 
Tenía una sensación de alivio. Lo fácil allí es morir. Te sientas, te quedas encogido y te adormeces, en horas la altura habrá acabado contigo. La degradación producto de la falta de oxígeno es permanente. Lo difícil es levantarse y vencer el sueño, el cansancio, las alucinaciones… Por eso cuando empiezas a caer y ya ves que no depende nada de ti, sufres una especie de sensación de relajo. De pronto ya no tienes por qué luchar y nada depende de ti.
 
La preparación psicológica de un alpinista es fundamental y más en situaciones así…
 
De las 26 expediciones de este proyecto considero la fortaleza mental lo más importante de todas ellas. Los pilares básicos que debe tener una persona en el Himalaya son: un buen nivel técnico-físico, una buena capacidad logística –predecir el tiempo, saber moverte por esos países, que no falle nada…– y el psicológico, el gran pilar de todos ellos. Estás alejado de tu entorno en un ambiente hostil. Aunque las condiciones sean horribles tienes que seguir creyendo en tu sueño, tienes que sobreponerte a situaciones muy dramáticas e incluso con muertes de compañeros, lesiones propias… Saber aguantar y encajar el sufrimiento es clave en una actividad como esta.
 
Luego coronaste el Gasherbrum I –G1–, una ascensión larga y complicada…
 
Tuvimos un tiempo horrible. De hecho la mayoría de expediciones se marcharon y nosotros nos quedamos por cabezonería. Para mí era muy importante el G1 porque era el siguiente proyecto después del Kanchenjunga, donde había sufrido una prueba muy dura en la que tuve congelaciones y me amputaron cuatro falanges. Entonces tenía mucha ilusión por volver al Himalaya, pero también la duda de si iba a seguir siendo capaz de arriesgar, de tomar decisiones adecuadas, o incluso si el sufrimiento que había pasado me iba a retraer. Necesitaba esa cima como respaldo para seguir hacia delante. Por eso me empeñé en coronar. Creo que estuvimos sesenta y pico días en el campo base, que es una animalada. Tuvimos que pedir provisiones, aguantamos nevadas de 20 días, se fue todo el mundo… aunque al final conseguimos subir. Cogí tanta carrerilla que hice el siguiente a las pocas semanas.
 
Ese fue el Cho Oyu; dicen que es el ochomil más sencillo de todos…
 
Sencillo no hay ninguno, pero sí es el que menos esfuerzo y riesgo te implica. Es un ochomil donde no hay grandes riesgos objetivos salvo la altura y el frío. No hay avalanchas, no hay grietas, no hay caídas de piedrasTécnicamente es sencillo. Es de andar más que de escalar. Tiene largas pendientes. Además llegaba del G1 con mucha motivación y ya aclimatado, con lo que estuve solo una semana. Fue una expedición récord.
 
Después llegó el Nanga Parbat, la ‘montaña asesina’…
 
Esa misma primavera no había conseguido subir al Everest sin oxígeno y venía demasiado cansado de ese campo base. Demasiada gente, muchos problemas y un tiempo especialmente horrible. Entonces la expedición al Nanga la hice con amigos, gente de Cariñena, de Monzón, de Zaragoza… El Nanga nos hizo pelear mucho esta ascensión, pero al final logramos subir y hacerlo con dos amigos; Raúl Martínez y José Villalta. Es una montaña extraordinaria y la que más desnivel tiene. Hay más de 4.000 metros de desnivel entre el campo base y la cima.
 
Reinhold Messner -primer hombre que culminó los 14 ochomiles- fue acusado de haber abandonado a su hermano durante el descenso del Nanga Parbat. Hasta 35 años después no se pudo demostrar que decía la verdad. El alpinista de élite tiene que soportar muchas veces críticas de gente ajena al mundo de la montaña…
 
Hay gente que critica que nunca ha estado ahí. Es gracioso pero nunca han estado en una montaña de ocho mil metros. Esa gente empatiza muy poco. Günther era el hermano de Reinhold, no era alguien que no conocía de nada. Cuando Reinhold decide seguir adelante lo hace por una situación de supervivencia y viendo que ya no puede hacer nada por su hermano. Sabe que si hay alguna posibilidad de salir tiene que ser ya. Esto es lícito. Al final el mundo de la alta montaña es muy cruel. Cuando a tanta altura no consigues caminar por ti mismo es prácticamente imposible que alguien te cargue. Si en condiciones normales es muy difícil salir de allí, cuando tienes una carga encima es prácticamente imposible. La gente no entiende que la altura te mata.
 
En los Pirineos o en los Alpes te notas más cansado, te duele más la cabeza, pero es que a partir de 7.500 metros de altura hay un 30% de oxígeno. Solo se puede vivir allí unas horas. Ahora mismo nosotros viviríamos 10 minutos allí. Aclimatándote consigues cambiar esos minutos por unas pocas horas donde la degradación es continua. La altura no para su cronómetro si te surge algún imprevisto. Llega un momento en que la degradación te paraliza y ya no eres capaz de salir. Esto no ocurre en montañas de 4.000 o 5.000 metros. A 5.000 incluso somos capaces de aclimatarnos de por vida. Hay pueblos en el Tíbet y Sudamérica que viven a esa altura. A 6.000 metros somos capaces de estar unos meses, a 7.000 unas semanas y a 8.000 durante unas horas.
 
El Broad Peak fue el siguiente ochomil que coronaste. Con él lograste cumplir la mitad de tu proyecto.
 
Con el Broad Peak cerré un capítulo importante. Ya era la tercera vez que intentaba ascenderlo. Una vez me quedé a veinte metros, otra llegué hasta los 7.800 metros, y en la tercera por fin pude subirlo. El Broad Peak es una montaña amable sin demasiados riesgos objetivos. Bastante rápida y directa. Además está en Pakistán y ese país siempre ha tenido algo especial para mí. He hecho grandes amigos, tiene bonitos paisajes y siempre me han gustado mucho sus gentes. Y, sí, con esta cumbre logré comenzar a enfilar ya la última mitad del proyecto. La primera mitad que ya había logrado era muy buena porque en ella estaban el Kanchenjunga y el K2, que eso es mucho decir. Puedes llegar a tener once ochomiles pero si te falta el Kanchenjunga, el K2 y el Annapurna, realmente es como si no hubieras hecho nada. Así que duro ya solo me quedaba el Annapurna. En ese momento vi que el proyecto podía salir adelante y me motivó muchísimo.
 
Esos momentos en los que un alpinista está a punto de hacer cumbre pero tiene que retirarse porque las condiciones no lo permiten, tienen que ser muy complicados…
 
En el Manaslu en 2009 me quedé a 50 metros de la cima. Sólo me quedaba una arista, pero como no tenía capacidad de asegurarme allí comprendí que si seguía saldría volando. Duele volverte a 50 metros con los meses de trabajo en la montaña, más todo el trabajo previo de preparación, las cargas mediáticas, los sponsors, el saber que tienes que volver… Si hicieras que pesase todo esto evidentemente te lanzarías a la cima, aunque la clave de tomar buenas decisiones es tomarlas muy fríamente.
 
Tu siguiente pico fue el Dhaulagiri, aunque tú pensabas ir al Everest. China obligó a cerrarlo porque era el año de los Juegos Olímpicos de Pekín y querían subir la antorcha olímpica a la cima más alta del mundo…
 
Así es. Entonces hice el Dhaulagiri y acto seguido el Lhotse. Fue todo demasiado rápido, sin descanso y con mucha ambición, lo que me llevó a sufrir un edema cerebral muy cerca de la cima. Así que la experiencia del 2008 fue buena en el Dhaula pero muy mala en el Lhotse. El Dhaulagiri es una montaña no muy complicada pero sí muy peligrosa. Esta montaña se ha llevado a muchos compañeros míos; Pepe Garcés, Ricardo Valencia, Santiago Sagaste, Juanjo Garra…
 
Y en el Lhotse tengo esa mala experiencia. Fue una vivencia diferente porque no era como estar herido en el Kanchen, era estar enfermo, algo que no me había ocurrido hasta la fecha. Fue un toque de atención para decirme que la aclimatación siempre debe ser perfecta. No puedes acortar ni ganar más tiempo del que tu propio cuerpo te solicita. Por suerte todo salió bien pero podía haber salido muy mal.
 
Tras un año 2009 en el que te tienes que volver muy cerca de la cima del Manaslu, donde en un segundo intento en ese mismo pico te sepulta  en vida un alud, e incluso después de romperte cinco costillas en el Shisha; llegas hasta el Annapurna…
 
El año 2009 fue terrorífico. Entonces al año siguiente se me planteó un gran dilema. O paso un año de transición bajando el pistón e intentando cimas más sencillas, o me busco los ochomiles más complicados que me quedan para tener una motivación extra. Me decidí por la segunda opción. Me lanzo en la primavera de 2010 al Annapurna, al que considero el más peligroso de todos los ochomiles, y vuelvo al Manaslu en otoño. Entonces conseguí firmar un año muy bueno con dos cimas realmente serias.
 
En el Annapurna viviste días ciertamente complicados con la muerte de Tolo Calafat y su intento de rescate…
 
Tolo era un buen amigo. Él siempre buscaba venir a las expediciones con nosotros y habíamos coincidido en muchas. Él no era profesional pero cada vez fue saliendo más. Recuerdo que le decía: “Ten cuidado Tolo, esto engancha”.  El Annapurna es muy peligroso y las estadísticas así lo demuestran; un 33% de la gente que intenta ascender muere. Y al final la montaña se cobró a Tolo en un momento que lo cogió débil mentalmente. Físicamente era casi más fuerte que nosotros, pero hubo un momento en el descenso que la situación le superó y quedó atrapado a casi 8.000 metros.
 
Nos quedamos en el último campo intentando hacer algo por él, llamando a un helicóptero para que nos tiraran botellas de oxígeno para intentar volver a recogerlo. Porque claro, nosotros después de haber hecho cima no podíamos volver con toda la tralla que supone ascender un ochomil sin oxígeno, y Tolo estaba a diez horas de distancia. Fueron días de mucha incertidumbre y dolor con un resultado muy negativo. Eso unido a todas las explicaciones que hay que dar a la vuelta a muchas personas que no entienden el Himalaya ni por qué muere la gente a 8.000 metros, que no entienden que si alguien no puede caminar por sí solo a esas alturas no puedes hacer nada por él, que no entienden lo que supone estar a 10 horas de distancia… pues desembocó en una expedición muy triste. Traes la cima pero con tristeza. Siempre decimos que las prioridades por orden de preferencia en una expedición son: volver todos, volver los amigos y volver con la cima. Allí desde luego no se cumplió ya la primera.
 
El alpinista de ochomiles convive constantemente con la muerte. A la vez que te ayuda a valorar la vida, entiendo que por otro lado naturaliza la muerte. En todas tus expediciones has visto morir gente…
 
En 26 expediciones no he dejado de ver morir a nadie. Es una actividad de mucho riesgo. Al año en el Himalaya mueren alrededor de 60 personas. Se naturaliza la muerte desde el punto de vista de que comprendes que las personas que están allí haciendo realidad un sueño ya saben dónde se han metido. Cuando sabes lo que supone, de alguna forma has valorado el riesgo que tiene para lo que te aporta. Toda la gente que he conocido y que desgraciadamente se han quedado allí, han vivido como han querido. No son tontos ni locos, son gente que ya sabía el riesgo que conllevaba, pero que aún así han perseguido sus sueños, han sido completamente felices y han vivido varias vidas en una.  Son gente titánica con una gran capacidad de determinación y de conseguir objetivos. 
 
Yo soy como ellos. No hubiese cambiado el vivir muchos más años y tener que renunciar a mis sueños. Al final es una lección. ¿Es preferible vivir toda la vida como un cordero o un año como un león? Eso ya es elección de cada persona, y ese tipo de personas yo sé que se han marchado tranquilas porque han perseguido su sueño. A todos nos llega la muerte, lo que pasa es que como se supone que es lejano pues nunca nos fijamos. Pero en el Himalaya es algo muy cercano, es algo que se palpa.
 
En el año 2010 haces cumbre en el Manaslu…
 
Aunque el tiempo no fue muy bueno en esta expedición, se abrieron unos días bastante interesantes que nos obligaron a subir casi sin descansar, y en los que no tuve problema para llegar a la cima y comprender que ahora sí estaba preparado y no el año anterior, donde me quedé a 50 metros. Fue una muy buena forma de cerrar los diez ochomiles.


 
El siguiente fue el Lhotse, la cuarta altura natural más grande de la tierra…
 
Sin oxígeno cuesta mucho subirla y llegas muy cansado. Volvimos sin problemas al campo 4, al día siguiente bajamos al campo 2, y desde allí al campo base. Una montaña dura, larga y agotadora. Además Lolo, un compañero malagueño, quedó perdido en el descenso pero se le pudo encontrar y sólo tuvo unas pequeñas congelaciones.
 
Después consigues quitarte la espina de la primera expedición y por fin logras ascender el Gasherbrum II –G2-. ¿Qué nos puedes contar de esta montaña?
 
En la primera expedición casi no dio tiempo a hacer el 1 y al 2 ni me acerqué. Al G2 voy en verano de 2011 después de esa expedición dura del Lhotse. Voy con dos grandes amigos; Raúl Martínez y Adrián Uclés. Hicimos una expedición superligera y rapidísima. De hecho al acelerar tanto, Adrián no fue capaz de aclimatar y no pudo ni intentarlo, y Raúl se quedó en el campo 3. Así que subí solo porque veía que era la única oportunidad de hacer cima en esa montaña.
 
Entiendo que cuando intentas hacer cumbre tú solo el trabajo psicológico debe de ser brutal…
 
Sí, porque además es algo muy normal. A partir de 7500 metros cada mecanismo va solo, ya no vas encordado a nadie, casi no percibes con quién vas, vas en tu mundo de aguantar tralla, controlar la degradación que produce la altura, chequear la hora, las condiciones del tiempo… Vas muy solo. Esa faceta es muy curiosa porque en la parte baja y media de la montaña se colabora y se trabaja mucho en equipo pero en la parte alta sale la individualidad más absoluta. El ritmo de cada uno es el que puede llevar, ya nadie puede hacer casi nada por el de al lado y sabes que estás solo.
 
Luego en la primavera de 2012, el Shisha. Una cumbre con polémica…
 
Sí, ahí yo mismo siembro la polémica. Además creo que es honesto que lo haga porque ahí sí que nos retrasamos, hicimos cumbre no de noche, sino casi lo siguiente. Hubo unas condiciones en la nieve muy malas, costó mucho abrir el corredor hasta la cima principal y llegamos a la arista con los últimos rayos de luz. Ahí Juanito Oiarzabal se puso enfermo, tuvimos que parar y se hizo de noche. Lo que vimos por encima nuestro era el tramo que hicimos por la noche y hasta donde llegamos. Cuando bajamos al campo base yo manifesté no estar seguro de si el punto que habíamos grabado en el vídeo era la cima o no. Evidentemente cuando llegas de noche a un sitio no sabes si detrás tienes un transatlántico o si hay una pared de 80 metros más de altura, pero luego hablando con otros compañeros que ya habían estado en esta cima nos confirmaron que el punto que se veía en el vídeo era el punto más alto del Shisha. Con lo cual, aunque no haya podido disfrutar de la cima y hacer las fotos pertinentes entiendo que he estado en ella, así que paso página.
 
Luego la gente que vive de la polémica tiene ahí una buena fuente de inspiración por llegar de noche y tener que confiar en la palabra de alguien. A mí eso me duele pero tampoco me afecta mucho porque el primer interesado en estar en esa cima soy yo, no puedo engañarme a mí mismo, y a lo largo de mi trayectoria no lo he hecho nunca. En el Broad Peak me tuve que volver tres veces, una de ellas en la antecima. En el Manaslu me quedé solo, llegó el mal tiempo y a 50 metros renuncié, al Everest he ido tres veces… Cuando no se consigue una cosa, no se consigue, pero cuando sabes que has estado en la cumbre de un sitio aunque sea de noche, es un poco tonto que tenga que volver para contentar a unos pocos. Si vuelvo algún día lo haré para poder disfrutar de la vista que hay ahí y porque me fastidia no tener fotos y disfrutar viendo lo que hay al otro lado del Shisha. Las cosas hay que hacerlas por uno mismo, si lo hiciésemos por las críticas de la gente nos volveríamos locos.
 
No se pueden comparar actividades como la vuestra, en la que os jugáis la vida, con otras más populares como el fútbol…
 
Sí, pero lo hacen extensivo. En el fondo hay que ver el objeto de negocio de cada uno. Esta gente crea polémica porque vive de ello. Uno de sus trabajos es vender revistas, y cuanta más polémica haya más se vende. El otro es hablar en una radio y erigirse juez y parte de los alpinistas, pese a no haber subido ningún ochomil, ni ninguna montaña alta en general. No deja de tener gracia que pretendan que tengas que rendir vasallaje a alguien que no es ni un ex himalayista, ni ex alpinista retirado. Si a mí mi propio colectivo me dice que esa no es la cumbre, no hay nada más que hablar; pero que me lo diga alguien que nunca ha estado ahí…
 
Es muy triste, ya no es solo que estén jugando con tu honestidad o tu prestigio, sino que están jugando con tu propia vida. Imagínate que alguien que le afectasen estas críticas se lanzase a hacer las cosas de otra forma o a arriesgase más; lo conducirían a la muerte. Claro, eso les importa un bledo.


 
En el Shisha no pudiste disfrutar de las vistas pero te quitaste esa espina en el Everest…
 
Además fue increíble, dentro de lo malo. El Everest siempre tiene una ventana muy cerrada de tiempo, entre el 20 y el 25 de mayo. Teníamos una buena predicción de tiempo para el 22, nos lanzamos a la batalla y cuando llegamos al campo 4 recibimos los partes nuevos y vimos como el modelo meteorológico había cambiado drásticamente. Lo que iba a ser un día con vientos moderados se convirtió en un día de absoluto vendaval. Con lo cual tuve que tomar una decisión. Ya vi que al día siguiente no iba a poder subir sin oxígeno, porque para ello hace falta un día bueno; y cuando digo bueno me refiero a que no haga más de 60 kilómetros por hora de velocidad de viento ni menos de -35 grados centígrados. Y también veo que el único periodo para hacerlo va a ser durante la noche, porque al día siguiente va a arrancar el viento por la mañana.
 
Entonces tengo que decidir entre volverme a casa y volver e intentar hacerlo sin oxígeno por cuarta vez, arrastrando esa losa de los catorce todavía sin cerrar; o lo que decido al final, que es cerrar este proyecto utilizando oxígeno, como por otra parte lo han hecho muchos otros alpinistas. Si quiero ya volveré a hacerlo sin oxígeno pero sin ese peso de terminar los catorce. Así que decidimos descansar unas horas en el campo 4 y esa misma tarde, aún con luz, lanzarnos hacia arriba, dejar que anochezca y usar toda la noche para subir. Cuando habíamos pasado el Escalón Hillary a 8700 metros, aún era de noche, que es cuando estamos a unos veinte minutos de la cima y empieza a clarear.
 
Fue un espectáculo. Ver amanecer en el Everest, eso es inaudito y no lo he visto en ninguna otra montaña porque siempre llegas más tarde. Ver el Makalu, el Kanchenjunga, el Cho Oyu, el Shisha Pangma, el Lhotse muy por debajo y sobre todo tener la recompensa de estar solos. Como no era un día bueno y estaba previsto un tiempo muy malo por la mañana, no subió nadie o los que lo intentaron estaba muy atrás. Estábamos los cuatro: el compañero andorrano -Domingo- con el que me uní al final, los dos sherpas de cada uno, y yo. Eso es algo imposible que no se ha podido hacer ni se podrá hacer en los siguientes años porque el Everest se sube en dos o tres días, y todas las personas del mundo que quieren subir lo hacen en esas fechas, con lo cual es fácil que en la cima te encuentres con cien personas. Creo que lo hice bien y fue una recompensa. Si quiero el Everest seguirá ahí y podré volver a hacerlo sin oxígeno, pero ya sin esa losa de terminar el proyecto.
 
¿Te hubieses planteado subir sin oxígeno si no hubiese sido el último ochomil de tu proyecto?
 
En 2005 pasó algo similar y me fui de ahí. No hubo ventana clara y directamente no lancé el ataque. Pero al ser el último fue diferente, porque si me hubiese ido habría tenido que volver al año siguiente a probar lotería sin oxígeno, y el Everest sin oxígeno se resiste. Conozco a personas que han estado siete veces y no lo han subido. Entonces, alargar un proyecto con todo lo que supone para patrocinadores, compromisos… hasta la extenuación, no me parecía correcto.
 
¿Y cómo te sentiste al haber culminado los catorce ochomiles en trece años?
 
Bien, pero no por haber subido a esa cima, porque en el fondo es un poco todo igual. Es por todas las aventuras, por toda la gente que has conocido, por todos los países en los que has estado y por todas las vivencias. Al final es una lección de vida. En cualquier proyecto lo importante no es culminarlo, es el camino y cómo haces ese camino. Es una lección de conocerme a mí mismo, de forjarme con fortaleza, de blindar la mente a muchas situaciones, de conocer otras culturas, de valorar mucho más lo que tengo aquí. Allí te falta todo, vuelves aquí, lo recuperas y lo valoras. No hay día que no abra el grifo y no me quede fascinado porque sale agua que se puede beber. Es como magia. Eso es todo lo que sentí en ese momento. Ver las otras cimas, recordar a los que están y a los que no están, de todos me he llevado algo. Y de ver que es un punto y seguido. Ahora también puedo empezar a soñar con otros proyectos que al estar en cuerpo y mente dedicado a este último no me ha dejado ir a otras montañas.
 
Centrándonos en la cima más alta del mundo -Everest-, tú has llegado a decir: “No me gusta el Everest, hemos visto subir a los peores y morir a los mejores”.
 
Claro. Es que el Everest es el techo del mundo y es un lugar geográfico muy atractivo no solo para alpinistas sino para mucha gente. Es un sitio como la Antártida, el fondo del océano o el espacio. Es un campo base que está masificado precisamente por eso, porque hay muchas personas que no son alpinistas y que el Everest será el primer y último monte que suban porque es el más alto. Existe el fenómeno de las expediciones comerciales que venden la subida a personas que no tienen ni experiencia ni tradición alpinística pero que quieren poner sus pies en el Everest. Entonces con un buen equipo de sherpas y con buenos medios consiguen colocar a mucha gente en la cima. A mí me parece genial, las montañas son de todos, que cada uno haga lo que quiera.
 
Se decía que mucha gente llegaba a dejar tiradas las botellas de oxígeno y que eso se estaba convirtiendo en un problema…
 
Eso es demagogia. Ahora tenemos unos compromisos enormes con Nepal que nos hace bajar todos los residuos, botellas… incluso hasta los excrementos humanos hay que bajarlos del glaciar. Quedan restos de cuerda o de tiendas pero que solo preocupan a los que suben por ahí. No afea el Himalaya ni lo contamina. Lo único que no me gusta es que es un campo base donde hay demasiada gente, no compartes sueños e ilusiones con alpinistas sino que es otra cosa, y eso no me resulta atractivo. Prefiero otros campos base como el del Annapurna o el del K2, donde estás con gente que compartes sueños, ilusiones, objetivos, peligros, riesgos… También es normal, a todos los que nos gusta pasar nuestra vida cotidiana en el monte nos gusta estar más tranquilos y no estar en la pradera de Ordesa con 3000 personas.


 
Si tuvieses que quedarte con una cumbre de las catorce, ¿cuál sería?
 
El K2. Es la segunda altura de la tierra, una montaña de líneas bellas y puras. Es una montaña que pintaría un niño, una montaña triangular, perfecta. Y sobre todo es difícil, que exige mucho pero que da mucho a la vez. Me quedaría con ella no solo porque mi expedición se desarrolló de una manera muy especial y amistosa, sino porque de los ochomil que he visto es la más hermosa y tiene un entorno más bonito. En el Karakórum, que es donde está, quizá sea el lugar del planeta donde más montañas hermosas haya. Es un sinfín de aristas, picos, glaciares… Desde esa atalaya la vista es maravillosa.
 
Uno de tus propósitos era proyectar Aragón dentro del himalayismo, ¿crees que lo has conseguido?
 
Yo creo que sí. Además del proyecto deportivo de subir los catorce había un proyecto de comunicación, divulgación e ilusión. En el fondo estos proyectos salen adelante no porque yo me empeñe en sacarlos, sino también porque detrás está el apoyo no solo de instituciones y empresas, también de muchísima gente de Aragón. Eso es algo que yo he podido sentir a lo largo de todos estos años. La gente por la calle te pregunta cómo estás, para cuándo es el próximo… De alguna manera has ilusionado a la gente con que Aragón podía hacer cosas en la montaña después de unas épocas muy nefastas.
 
Durante décadas aquí solo hemos tenido desgracias: Rabadá y Navarro, Pepe Garcés, los de Peña Guara en el K2… Ilusionar a la gente con que se puede hacer, con que no tiene que ser todo malo y viendo que iban saliendo los montes los aragoneses iban percibiendo que se podía y se sentían orgullosos igual que yo me sentiría orgulloso de cualquier otro aragonés que en cualquier otra faceta saliese adelante. Prefiero que sea un aragonés antes que otro. Es normal. Tu tierra te tira y la tierra no es solo la tierra, es también la gente que la habita.
 
Creo que al final las personas de aquí han ido aprendiendo las montañas del Himalaya. Casi todos han oído hablar del Kanchenjunga, Annapurna... y eso hace veinte años no era así. Aparte han visto ondear la bandera de Aragón sobre estas cimas y que se ha traído un proyecto deportivo de ámbito internacional que muy pocos países han conseguido. En Estados Unidos hay una persona, en Reino Unido hay otra, en Francia no hay ninguna, aquí en España tenemos cuatro; que uno de ellos sea el primer aragonés creo que es interesante e importante. A mí eso me da orgullo, y uno de los objetivos de este proyecto era lanzar un mensaje a nuestra sociedad diciendo que nos lo creyésemos un poco.
 
En Aragón siempre hemos sido así, de no creernos nada: “Son los demás, los que vienen de Madrid o de América”. Pero no, tenemos que ver que cuando nos ponemos, podemos. Aragón ha sido cuna de personajes muy importantes y por qué no serlo en la montaña o en cualquier otra faceta. Hay que creérselo, apoyar a lo nuestro y no hacer lo que normalmente hemos hecho, que ha sido poner trabas a los nuestros porque son de aquí.
 
Parece que no nos acaban de valorar a nivel nacional, ¿puede ser que nosotros mismos lo generemos?
 
A eso le he dado muchas vueltas durante muchísimo tiempo, e incluso bromeando he llegado a decir que debe de ser alguna toxina que porta el Ebro y nos hace ser poco creyentes de nuestras posibilidades. Pero bueno, en primer lugar somos un territorio muy grande y poco poblado, eso ya es un hándicap importante. A nivel nacional el peso que podemos tener en medios de comunicación o a nivel político no es tan importante con un millón cuatrocientos mil habitantes que con más de siete millones que tiene Cataluña. Si a eso le sumas que aquí somos capaces de rasgarnos las vestiduras por traer gente de fuera a que nos cuenten cosas, cuando tenemos aquí gente que puede hacer lo mismo y no los sabemos valorar, somos un buen caldo cultivo para que nos ninguneen.
 
Por un lado Aragón debe de vez en cuando dar un golpe sobre la mesa y estar orgulloso de su territorio, que es sin duda uno de los menos transformados y más hermoso de la Península Ibérica, y por tanto de Europa. Por otro debe reconocer lo nuestro. Forzamos a la gente de Aragón a irse fuera y una vez que han triunfado allí entonces le reconocemos el prestigio. En mi caso no me puedo quejar demasiado. Aragón ha estado siempre apoyándome, ha hecho que la mochila pese menos. Creo que soy un afortunado y que no he sufrido tanto la dejadez que tenemos en esta tierra.
 
¿Crees que nos enorgullecemos de lo que fuimos pero sin embargo no luchamos por el Aragón actual?
 
Sí. Nos hemos instalado en la cultura de la pena. Nos quejamos de que somos muy pobres, de que no nos hacen caso, de que no tenemos agua… Bueno, vamos a ver, tenemos un territorio extraordinario. Es verdad que hay mucho secano pero tenemos un río que cruza nuestra comunidad que es el más caudaloso de España. Tenemos montañas espectaculares con nieves perpetuas. Hay muchos programas europeos de conservación de aves que están planteados en eso que nosotros llamamos ‘desierto’ de los Monegros y que en realidad es la estepa. Tenemos Teruel, el Maestrazgo. Cada vez que voy allí flipo. Siempre hay alguien que tiene la paciencia infinita de enseñarme algo extraordinario. No ha habido una sola vez que no haya ido y que me parezca mentira que eso esté allí, que no se sepa ni se divulgue.
 
Con lo cual si tenemos un territorio extraordinario y personas maravillosas pero no hacemos nada para que eso salga a la palestra, y seguimos sin vender lo nuestro antes de comprar lo de fuera, evidentemente tenemos un problema. Porque el resto de las comunidades sí que lo hacen, potencian lo suyo, porque es la forma de hacer sinergia. Si alguien de aquí hace algo y se le reconoce, a la gente y niños de aquí les sirve de ejemplo. Si no lo haces, los niños y jóvenes de aquí acaban pensando que haber nacido en Aragón es una desgracia porque no sabemos hacer nada.
 


Ahora haces proyecciones por todo Aragón. En un momento de crisis acentuada como el que vivimos, ver que alguien ha sido capaz de cumplir sus sueños puede ser un gran acicate…
 
Creo que tengo la responsabilidad de hacerlo. Durante mucho tiempo a mí me han ayudado, entonces todo lo bueno que he aprendido en el Himalaya durante todos estos años es menester que lo traslade a las personas que ahora lo están pasando mal y creen que no hay posibilidades y que los sueños no se pueden llevar adelante. Creo que mi mensaje para la gente joven, que está empezando un camino y tienen todavía un folio en blanco delante, les puede hacer ver que los sueños se siguen cumpliendo. Que no hay atajos.
 
La cultura del esfuerzo es así, los sueños hay que creérselos, hay que pelear y formarse para llevarlos adelante. Hay que pasar buenos y malos momentos y al final obtienes la recompensa. Lo que cuesta es la recompensa, porque lo que no cuesta no lo valoramos, no nos hace crecer en el camino. Un proyecto como el del Himalaya es un proyecto duro, difícil, largo, te juegas la vida, pierdes a compañeros… Pero desde luego te enseña que hay que prepararse, hay que luchar, ser cada vez un poquito mejor. Que los sueños, en mi caso el de estar en las cumbres de las montañas más altas de la tierra, al final se cumplen. Eso es un mensaje que hay que trasladar y más en momentos como éste donde no parece que haya un futuro, pero claro que lo hay. Será diferente, habrá que luchar más o usar más la imaginación. Todo el mundo debe seguir teniendo sueños y pelear por sacarlos adelante.
 
Ya para terminar, háblanos un poco del proyecto de las Siete Cumbres.
 
El proyecto de las Siete Cumbres consiste en subir a las siete cimas más altas de los siete continentes, incluyendo la Antártida entre ellos y dividiendo América en dos. Habiendo subido el Everest y el Kilimanjaro hace unos años, subir esas cinco montañas y traer a Aragón otro proyecto que junto al de las catorce cumbres en nuestro país solo lo ha conseguido Alberto Iñurrategi, es para mí muy interesante. Me parece además un buen hilo conductor para otros proyectos que están pendientes dentro del alpinismo en Aragón y que se pueden llevar a cabo con gente de aquí. Como por ejemplo volver a intentar una montaña virgen como hicimos en Kazajistán hace dos años, una montaña que no ha sido escalada por ningún ser humano. O intentar el Everest sin oxígeno. Creo que ese es el futuro. Ahora me toca recuperarme y comenzar a luchar por él cuando me sienta en condiciones.
 
Además son montañas que ya no tienen el único riesgo de la altura, sino que tienen dificultades logísticas diferentes. Una está en Oceanía en una isla, el otro está en la Antártida y para ir hay que hacer unos vuelos y viajar con trineo, otro está en un lugar recóndito de los Andes… Son dificultades distintas y varía respecto al proyecto de las catorce cumbres donde siempre era altura y frío. Para mí es un soplo de aire fresco y es un proyecto más para Aragón, que dentro de ese caminar que creo que hemos hecho entre todos podemos seguir adelante hablando de montañas en un país de montañas como es Aragón.


 
Entrevista y Documentación: Antonio Martínez Obón y Kevin Serrano | @A_Mtnez_Obon / @KevinSerranoJ

Multimedia: Álex Villar | @Macvillu

Foto fija: Adrián Garasa | @a_garasa

Agradecimientos: Restaurante Marengo | @MarengoZgz

Comentarios

Muy buena la entrevista. Hay que conocer a estos héroes aragoneses. Si fuesen de otra comunidad tendrían toda la publicidad del mundo. GRACIAS POR APOYAR A ARAGÓN

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