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Calamar Bravo

A Zaragoza le gusta verse como una ciudad importante. Vasta en historia, capital de Aragón, quinta localidad de España, a medio camino de todas partes. Se sabe un lugar que cuenta, aunque en ocasiones le pueda entrar dudas. Orgullosa de cara al exterior y fuertemente crítica en la introspección, a veces Zaragoza también se jacta de ser un pueblo grande. Es su forma de ser. En su dualidad reside su esencia y, probablemente, también su encanto. Es capaz de quererse y odiarse por un mismo motivo. Dos caras de una moneda que, por supuesto, en algunos ámbitos no pueden sino converger. Sin ir más lejos, si hay algo que le agrada a Zaragoza, por encima de todo, es el Calamar Bravo. Quizá, su mayor orgullo ciudadano, el primer lugar al que lleva al visitante. En su local, también en el nuevo aunque sobre todo en el viejo, las dos Zaragozas se dan la mano para disfrutar del famoso cefalópodo frito. En bocadillo o en ración. Para tomar dentro o para llevar.

 

Zaragoza también se considera ciudad de baloncesto. Así se refleja en el Príncipe Felipe, que registra fabulosas entradas cada vez que el CAI juega sus partidos como local. En la grada, la afición demuestra su conocimiento del juego, aunque en ocasiones pueda pecar de fría. Mucho se ha escrito sobre los célebres silencios que, en algunos encuentros, amplifican el ruido del bote del balón o el chirriar de las zapatillas de los jugadores rojillos. O acerca del ya mítico 'run-run' de desaprobación que los seguidores emiten cuando de lo sucedido en pista no es de su agrado. Pese a tener su lado bullanguero, se podría decir que Zaragoza, en el basket, saca más su faceta elitista. Sobre el papel, la marea roja es más del Bal d'Onsera que del Calamar Bravo.

 

Sin embargo, existe un factor capaz de mutar a los hinchas rojillos, haciéndoles olvidar su deje analista del juego para entregarles de lleno a la pasión que emana de él. Como si de repente, el fino comensal de 'nouvelle cuisine' recordase el inmenso placer que sintió por primera vez cuando sus papilas gustativas entraron en contacto con esa mezcla de mayonesa y salsa picante que, en su día, comió sentado en la plaza de los Sitios porque, para llevar, la lata de Coca-Cola le salía más barata. Con un solo partido disputado, y sin apenas entrenamientos a sus espaldas, Rasko Katic se ha consagrado como el Calamar Bravo del CAI Zaragoza. El jugador que mejor conecta con la afición y con la esencia del baloncesto que, durante la etapa del nuevo club, siempre ha sido jaleado por la grada. El serbio es un pívot duro, de apariencia tosca y que no da un balón por perdido. Mario 'el Armario', Javi Mesa, Borja Vidal 'Hispano' o Jojo García interpretaron antes ese papel. Auténticos héroes populares, cuyos nombres fueron coreados de manera masiva. Sin embargo, y a pesar de que su recuerdo todavía perdura, ninguno de ellos tuvieron una ascendencia real sobre el rendimiento del equipo. Por el contrario, el último fichaje rojillo, parece poder llevar dicho rol a una nueva dimensión.

 

Porque sí, Katic es duro como un día sin Internet. Pero también sabe producir si el equipo decide poner el balón en sus manos. Su repertorio puede ser tan simple como poner calamares rebozados en pan y embadurnados con salsa picante, sin embargo su sabor congenia con el que se servía en la calle de Juan Moneva. Y eso, visto la cantidad, y la calidad, de 'bocatas' que hay por ahí, es difícil de conseguir. Así lo demostró en su debut ante el Joventut de Badalona, en el que terminó como tercer jugador más valorado tras firmar diez puntos y cuatro rebotes. Números que llegaron acompañados de un impacto instantáneo en el juego, pese a que finalmente el encuentro finalizase con derrota local. Se da la curiosidad que el internacional serbio no fue ni el primer, ni el segundo elegido para cerrar la posición de 'cinco'. Willy Villar primero contrató a Veremeenko, de perfil similar al de Kragujevac y, tras su marcha, optó por un plato más sofisticado como Giorgi Shermadini. Aquello se torció aunque no negativamente para el CAI. Katic parece el indicado para completar a Henk Norel y, por ende, al juego interior aragonés. Porque no hay Zaragoza sin Calamar Bravo.  

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